Cuando el reloj marca el mediodía, la plaza se recoge y se expande a la vez: un saludo pendiente se concreta, la comida espera, los repartidores cambian de ritmo. Mi abuela decía que bastaba oír el cuarto para saber si llegaba a tiempo.
La sombra corre por los bancos al ritmo del sol, pero la conversación la encienden las campanas. Un repique suave invita a quedarse; uno largo invita a moverse. Entre niños, palomas y músicos, el sonido teje pequeñas coincidencias que vuelven cercano lo cotidiano.
Más que una señal, la torre es un faro terrestre. Ubica a quien llega, tranquiliza a quien espera y guarda secretos de quienes partieron. Mirarla a distancia reconcilia con el barrio; mirarla de cerca recuerda que el día es finito y merece celebrarse.
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